Un llamado a cambiar la conversación
¿Es la falta de movimiento corporal un simple descuido personal o una crisis de salud pública a nivel global? Esta pregunta viene recorriendo con mucha fuerza escenarios científicos, académicos y multilaterales. Es, al tiempo, un tema que pasa inadvertido en los espacios en donde se toman de decisiones como sociedad.
En un video divulgado desde el pasado mes de abril, a propósito del Día Mundial de la Actividad Física, la fisioterapeuta Dayana Johnson, líder de actividad física del Proyecto Vida Nueva Generaciones Saludables Para Colombia, ha vuelto a avivar ese debate en las redes sociales.
Y no es para menos. Un artículo de The Lancet “The pandemic of physical inactivity: global action for public health” plantea que la inactividad física se ha convertido en una verdadera pandemia, responsable de ser la cuarta causa de muerte a nivel global, por lo que urgen acciones coordinadas de salud pública para revertirla¹,². Correspnde entonces diseñar respuestas eficaces a esa emergencia sanitaria, para lo cual es imprescindible empezar por precisar qué entendemos por actividad física. Porque comprenderla implica ir más allá del gimnasio para abarcar cualquier gasto energético diario que ayude a prevenir enfermedades crónicas y mejore la calidad de vida³, ⁴. Y porque la responsabilidad no recae únicamente en la disciplina del individuo, sino que incluye factores externos como la planificación urbana, el tiempo disponible y la seguridad. ³, ⁴
Sin embargo, la realidad, como siempre, es más vasta y menos complaciente. La inactividad física no es sólo una elección individual; es también el resultado de ciudades mal pensadas, de jornadas que consumen el día, de barrios inseguros, de sistemas de transporte que inmovilizan y de una cultura que ha convertido el cuerpo en pasajero de sí mismo³,⁴.
La actividad física rara vez ocupa el centro de los programas de gobierno, de las campañas electorales o de las prioridades en las agendas públicas. Se habla de hospitales, de medicamentos, de aseguramiento, de tecnología médica; pero se habla menos de aceras, parques, sombra, seguridad, tiempo libre, escuelas activas y transporte digno. Y esto, como bien lo dice la Dra. Johnson, “cambia la conversación”, porque prevenir exige una imaginación más ardua que curar. Tal vez porque una ciudad en que se invita al movimiento no se improvisa: se construye con decisión. ¿Estamos entonces ante una forma colectiva de fracaso? ¿Y, si así fuera, creemos que aún podemos evitarlo? Por ahora el mensaje central reclama que las políticas gubernamentales y los sistemas de salud deben garantizar entornos que faciliten la movilidad para todos. En lugar de solo motivar a las personas, la sociedad necesita reestructurar sus ciudades y prioridades para que mantenerse activo sea una condición accesible y no un privilegio.
El paradigma de la responsabilidad individual frente a la realidad colectiva
En el campo de la salud pública nos enfrentamos a una paradoja sistémica y alarmante: mientras miles de personas pierden la vida anualmente debido a patologías derivadas de la inactividad, el discurso dominante persiste en encapsular este fenómeno como una simple falta de disciplina o de "ganas". Esta visión reduccionista ignora que el dinamismo corporal no es un accesorio estético, sino un derecho fundamental de la población.
El sedentarismo, entonces, no revela únicamente una debilidad de las personas. Revela una falla en el diseño de la convivencia. Hemos construido ciudades para los vehículos antes que para los seres humanos; oficinas para la permanencia inmóvil; escuelas que reducen el movimiento a un tiempo marginal; sistemas de salud que intervienen cuando el daño ya es un hecho consumado. Después nos sorprendemos de que el cuerpo enferme por comportamientos sedentarios, como si no hubiéramos organizado meticulosamente las condiciones para ese resultado.
Pero hoy la realidad nos obliga a abandonar la ilusión persistente de creer que basta con exhortar al individuo. Desde luego, cada persona conserva una responsabilidad sobre su cuerpo; nadie puede delegar por completo el cuidado de sí mismo. Pero esa responsabilidad se vuelve casi abstracta cuando el entorno la contradice. ¿Qué significa recomendar caminar a quien vive en un barrio sin andenes, sin luz, sin árboles y sin seguridad? ¿Qué significa aconsejar ejercicio a quien entrega tres o cuatro horas diarias al transporte y vuelve a casa vencido por el cansancio? ¿Qué significa hablar de autocuidado en sociedades que han hecho del tiempo un lujo?
El costo del sedentarismo: cuando el diseño hace crisis
Pero volvamos sobre lo más preocupante. La inactividad física no es una omisión trivial; es uno de los factores de riesgo más determinantes en la proliferación de enfermedades no transmisibles. No estamos, pues, ante un problema moral o de pereza individual, sino ante una falla en la arquitectura de nuestra convivencia. Resulta imperativo al menos preguntarnos: ¿qué está pasando como sociedad para que moverse sea tan difícil?
Las consecuencias de este diseño social fallido son devastadoras. Incremento directo en la incidencia de diabetes, diversos tipos de cáncer y enfermedades cardiovasculares, que hoy lideran las tasas de mortalidad. Una estrecha vinculación entre el estatismo corporal y la reducción del bienestar psicológico. Una erosión sistemática de la calidad de los años vividos.
Redefiniendo el movimiento: Reclamar lo cotidiano
Pero ante todo, empecemos por despojar a la actividad física de su etiqueta exclusiva de "gimnasio" o "deporte estructurado". Asumamos que el movimiento es, ante todo, una condición normal de vida que consiste en reclamar el gasto energético natural del cuerpo en su interacción con el entorno.
La actividad física debe ser comprendida como un derecho facilitado por el entorno y no como una virtud solitaria. Es parte del derecho fundamental a la salud con toda la connotación que esto implica. No basta con pedir a las personas que se muevan; hay que hacer posible, seguro y natural que se muevan. Una sociedad inteligente no espera a que sus ciudadanos enfermen para atenderlos: organiza la vida de tal manera que la enfermedad tenga menos oportunidades de instalarse.
Nada de esto cancela la responsabilidad personal; la amplía. El individuo debe elegir, pero la sociedad debe permitir que esa elección sea razonable. Cuando el contexto impide el cuidado, la libertad se vuelve una palabra decorativa. Cuando el entorno lo favorece, la decisión personal encuentra suelo.
La inactividad física es, en suma, el síntoma de una civilización que ha confundido comodidad con progreso y velocidad con plenitud. Rediseñar nuestra convivencia para que el movimiento sea posible no es una causa menor ni una moda sanitaria. Es una tarea de justicia, de inteligencia pública y de dignidad humana.
Una sociedad saludable no empieza únicamente en la voluntad de cada uno. Empieza en la forma en que todos decidimos vivir juntos. Y quizá el primer acto de esa decisión sea tan simple, y tan profundo, como devolverle al cuerpo su derecho elemental a moverse.
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